El alumbre, combinado con cremor tártaro o taninos vegetales, fija tonos sin opacar el brillo de la lana. Pesamos con balanza, registramos porcentajes del peso de fibra y controlamos pH. La constancia en estos detalles asegura repetibilidad, solidez y colores amables con piel y río.
Infusiones prolongadas de gualda iluminan amarillos serenos; raíces de rubia dan rojos terrosos si evitamos ebullición; cáscaras de nogal entregan pardos profundos y casi negros con postmordiente rico en hierro. Documentar tiempos, temperaturas y pesos evita olvidos y permite recrear paisajes enteros en lana.
Cosechar con moderación, lejos de áreas protegidas, y preferir materiales secundarios como hojas caídas o podas mantiene el equilibrio del monte. Trabajamos ventilado, usamos guantes, etiquetamos soluciones y neutralizamos desechos. La belleza del color jamás debería costarle salud al entorno ni a quien tiñe.
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